LA FUERZA (Tarot erótico) ARCANO – XI –

Ψ

LA FUERZA ERÓTICA

EL YUNQUE DE LAS FUERZAS

Ese flujo, esa náusea, esas tiras: aquí comienza el fuego. El fuego de lenguas. El fuego tejido en flecos de lenguas, en el reflejo de la tierra que se abre como un vientre que está por parir, con entrañas de miel y azúcar. Con todo su obsceno tajo ese vientre flácido bosteza, pero el fuego bosteza por encima con lenguas retorcidas y ardientes que llevan en la punta rendijas parecidas a la sed. Ese fuego retorcido como nubes en el agua límpida, con la luz al lado que traza una recta y algunas pestañas. Y la tierra entreabierta por todas partes muestra áridos secretos. Secretos como superficies. La tierra y sus nervios, y sus prehistóricas soledades, la tierra de geologías primitivas, donde se descubren secciones del mundo en una sombra
negra como el carbón. La tierra es madre bajo el hielo del fuego. Ved el fuego en los Tres Rayos, coronado por su melena en la que pululan ojos. Miradas de miriápodos de ojos. El centro ardiente y convulso de ese fuego es como la punta descuartizada del trueno en la cima del firmamento. Centro blanco de las convulsiones. Un resplandor absoluto en el tumulto de la fuerza. La espantosa punta de la fuerza que se quiebra con estruendo azul.

Los Tres Rayos forman un abanico cuyas ramas caen rectas y convergen hacia el mismo centro. Ese centro es un disco lechoso recubierto por una espiral de eclipses.

La sombra del eclipse forma un muro sobre los zig-zags de la alta albañilería celeste.
Pero por encima del cielo está el Doble-Caballo. La evocación del Caballo se empapa en la luz de la fuerza sobre un fondo de muro deteriorado y exprimido hasta la trama. La trama de su doble pecho. El primero de los dos es mucho más extraño que el otro. Él recoge el resplandor del cual el segundo es sólo la pesada sombra.

Más bajo aún que la sombra del muro, la cabeza y el pecho del caballo proyectan una sombra como si toda el agua del mundo hiciera subir el orificio de un pozo.

El abanico desplegado domina una pirámide de cimas, un inmenso concierto de vértices. Una idea de desierto planea sobre esos vértices por encima de los cuales flota un astro desmelenado, horriblemente, inexplicablemente suspendido. Suspendido como el bien en el hombre o el mal en el comercio de hombre
a hombre, o la muerte en la vida. Fuerza giratoria de los astros.

Pero detrás de esa visión de absoluto, ese sistema de plantas, de estrellas, de terrenos partidos hasta los huesos, detrás de esa ardiente floculación de gérmenes, esa geometría de búsquedas, ese sistema giratorio de vértices, detrás de ese arado hundido en el espíritu y ese espíritu que separa sus fibras, y descubre sus sedimentos, detrás de esa mano de hombre, en fin, que deja impreso su duro pulgar y dibuja sus tanteos, detrás de esa mescolanza de manipulaciones y cerebro y esos pozos en todas las direcciones del alma y esas cavernas en la realidad, se alza la Ciudad amurallada, la Ciudad inmensamente alta a la que no basta todo el cielo para hacerle un techo donde las plantas crecen en sentido inverso y con una velocidad de astros despedidos.

Esa ciudad de cavernas y de muros que proyecta sobre el abismo absoluto arcos perfectos y subsuelos como puentes.

Cómo se quisiera en la concavidad de esos arcos, en la arcada de esos puentes insertar la curva de un hombro desmesuradamente grande, de un hombro en el cual se difunde la sangre. Y colocar su cuerpo en reposo y su cabeza en la que hormiguean los sueños sobre el reborde de esas cornisas gigantescas donde se escalona el firmamento.

Pues un cielo de Biblia está allá arriba por donde se deslizan blancas nubes. Pero las suaves amenazas de esas nubes. Pero las tormentas. Y ese Sinaí del que dejan asomar las pavesas. Pero la sombra que hace la tierra y la iluminación apagada y blancuzca. Pero finalmente esa sombra en forma de cabra y ese macho cabrío. Y el aquelarre de las Constelaciones.

Un grito para recoger todo eso y una lengua para ahorcarme.

Todos esos reflujos comienzan en mí.
Mostradme la inserción de la tierra, la bisagra de mi espíritu, el atroz nacimiento de mis uñas. Un bloque, un inmenso bloque artificial me separa de mi mentira. Y ese bloque tiene el color que cada uno quiere.
El mundo deja allí su baba como el mar sobre las rocas y como yo con los reflujos del amor.
Perros, habéis terminado de hacer rodar vuestros guijarros sobre mi alma. Yo. Yo. Dad vuelta la página de los escombros. También yo espero el pedregullo celeste y la playa sin márgenes. Es necesario que ese fuego comience en mí. Ese fuego y esas lenguas y las cavernas de mi gestación. Que los bloques de hielo retornen a encallar bajo mis dientes. Tengo el cráneo espeso, pero el alma lisa, un corazón de materia encallada. Carezco de meteoros, carezco de fuelles ardientes. Busco en mi garganta nombres, y algo como la pestaña vibrátil de las cosas. El olor de la nada, un tufo de absurdo, el estiércol de la muerte total. El humor ligero y rarefacto. También yo no espero sino al viento. Que se llame amor o miseria casi no logrará hacerme encallar sino en una playa de osamentas.

– ANTONIN ARTAUD –

De “L’Art et la mort”
*Versión de Aldo Pellegrini

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3 comentarios

  1. Esta baraja, realizada por el diseñador italiano Luca Raimondo, está inspirada en las gestas de Giacomo Casanova (Venecia 1725 – Dux 1798), uno de los aventureros más famosos del S XVIII. Este hombre sin prejuicios, ávido de dinero y de placeres mundanos, fullero y rufián, pero también espadachín valiente y presunto alquimista, escribió relatos y realizó coreografías, ideó utópicas reformas económicas y empresas industriales. Se afilió a la masonería, no tanto por los ideales humanitarios que ésta representa, sino por las ventajas que podía obtener de la relación con nobles adinerados. Fue gracias a esas amistades que en Francia obtuvo el título de caballero de Seingalt, consiguió frecuentar el salón de Madame Pompadour y de allí unirse a la corte imperial de Catalina de Rusia, quien le confió misiones diplomáticas en Francia y Prusia. Los detractores sostienen que la fortuna de Casanova se debía más a la credulidad de sus contemporáneos que a sus méritos reales, pero este es, tal vez, un juicio demasiado severo. En una época en que los títulos nobiliarios, la elegancia de los modos y en el lenguaje y la capacidad de seducir estaban consideradas las mejores dotes de un individuo, Casanova se adaptó al juego y consiguió alcanzar en poco tiempo las cumbres más altas de la sociedad. Probablemente era un libertino, pero en el sentido filosófico que los iluministas atribuían a este término, de modo que, según dicen, poco antes de morir Casanova pronunció estas palabras:

    ‘He vivido como un filósofo y ahora muero como un cristiano’

    Las Memorias de Casanova, a pesar de las numerosas mentiras que contienen, son un importante documento sobre la alta sociedad del siglo XVIII, de la cual el aventurero veneciano fue testigo desencantado.

    Sobre estas Memorias se basa esta seductora baraja de Tarot, abundante en escenas eróticas, a veces escabrosas, pero también románticas, así como en espléndidos paisajes y situaciones misteriosas que tienen como tema principal Venecia, una ciudad todavía impregnada por el gusto que distingue la época de Giacomo Casanova.

    – GIORDANO BERTI –

  2. ESPACIO RESERVADO PARA OTRAS INTERPRETACIONES

  3. es mucho para mi OK.

    ¿Alguna mujer?

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