LA OSCURIDAD DE LA VOZ… (al regreso del Camino)

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‘…Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo / rompió tu corazón manso y tierno de niña; / y es que un día de abril, un bello infante pálido, / un loco miserioso, a tus pies se sentó….//’

– ARTHUR RIMBAUD –

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La Voz (National Geographic)

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Él ha sido lo primero que he visto al rodear la esquina. Estaba sentado en la terraza leyendo el periódico y entonces ella, que estaba de pie en una mesa vecina, ha abierto mucho los ojos y se ha lanzado hacia mí. La he abrazado con unas ganas inmensas de verla: las que he ido acumulando en todos esos días de polvo y Camino y traslados de hotel varios y dificultades al gusto y sobre todo cansancio, el mayor de los cansancios. Y creo que sólo le dije, mientras la estrechaba fuertemente contra mi pecho: ¡Hola cariño! No te imaginas cuánto te he echado de menos… Y ella ha dado un grito y se ha separado de mí inmediatamente, mostrando en la cara una expresión de horror, tal, que me sumió en la oscuridad más absoluta, porque aquello fue la vivencia de la oscuridad más oscura que yo recuerde: la incapacidad para entender aquella evidencia de aquel vacío, que se me quedó entre los brazos y aquel espanto. Ningún niño me había mirado jamás con los ojos del miedo, del pavor, y desde luego es una experiencia que no quiero que vuelva a repetirse por nada de este mundo en esta Vida.

Ahora estaba abrazada al cuello de su padre por la espalda. Lo utilizaba como un escudo que interponía entre ella y yo para protegerse de mí, y él admiraba las líneas de tensión detonadas en mi rostro (esculpidas quizá, porque me había quedado de piedra, obsidiana … los días al sol me habían ennegrecido la piel), y diríase que con cierta satisfacción. Sí, se veía que estaba disfrutando de aquello, de mi incapacidad transitoria para comprender nada, del cúmulo de preguntas que se empujaban unas a otras en su afán y pugna por encontrar la salida del túnel, las aclaraciones pertinentes.

‘No la conozco’, dijo ella para a continuación exhortarme a hablar: ¡Habla! Sí, era indudable, él era ‘feliz’ con aquello; seguro que serían sus únicos segundos de gloria en todo el día, tal vez en muchos días… Y yo dije algo, no recuerdo bien el qué pero ha sido de las pocas veces que he tenido la oportunidad de mirarle desde arriba; siempre soy yo la que suele estar sentada y él quién me observa de pie…

¿Ves? no la conozco -repitió

Sí, cariño es tu amiga de siempre, lo que ocurre es que ha perdido la voz – le dijo él pero ella no salía de su asombro y no terminaba de reaccionar de forma positiva. Seguramente aún no había escuchado nunca a nadie completamente afónico y esforzándose por hacerse entender.

Y yo me llevaba la mano al cuello e intentaba emitir algún sonido que fuera reconocible pero asunto zanjado: la voz se negaba a regresar. Me había levantado el domingo por la mañana con la garganta extenuada, y a lo largo del mediodía me quedé con un hilo prácticamente inaudible que luego había forzado durante la comida, y más tarde en la verbena que amenizaba aquella orquesta de la que he olvidado el nombre, y más aún durante el trayecto de vuelta a casa en los autobuses… el calor asfixiante y el agua fría, los gritos y las canciones subiendo aquellas empecinadas cuestas, marcha atrás por el sendero de robles con el fin de animarles; el aire acondicionado en el transporte, las malas noches, el terrible cansancio, la bronquitis de los últimos tres días, y una fragilidad que se me había quedado como secuela en las cuerdas vocales desde el anterior viaje, en el que también tuve la mala suerte de perder la voz durante más de una semana. Desde luego que yo no era algo agradable de oír…

Está enferma hija. A veces ocurre, e incluso en algunos casos graves puede suceder que el trastorno se cronifique y pasar así a ser un estado permanente.

Entonces quién se asustó fui yo, ¿y si era así? ¿y si ella no volvía a reconocerme? Recordé a su amigo, al amigo de él, a aquel A.T.S gordo con quién parecía compartir tantas complicidades… un día mi amiga y yo nos habíamos burlado de él por el tono sepulcral con el que se le escuchaba llamar a los pacientes por el interfono, y el médico de la consulta en la que nos encontrábamos nos metió un frenazo de a órdago, cuando nos explicó cual había sido su problema…

Así que yo, comprendiendo…, opté por irme y dejarlos solos (ya se le pasaría -me animé) pero supongo que los sentimientos, incluso en una niña, si existen son lo bastante fuertes como para lograr vencer cualquier reticencia que se presente de improviso, por el camino, hasta las que se materializan por culpa o causa de la ausencia de voz. Y es que ella me quería, por eso antes de que pudiera dar más de tres o cuatro pasos me detuvo.

Espera. ¿Ya te tienes que ir?

No, pero iba a aprovechar y bajar a hacer unas compras.

Entonces caminó hacia mí y me tomó de la mano.

¿Y no te quedas un rato conmigo?

Sí, si tú quieres. Yo no tengo prisa.

Y las dos nos sentamos en el banco, y a los pocos segundos me tranquilicé porque sabía que sucediera lo que sucediera con mi voz, eso ya no importaba.

Desde aquello, a veces y de manera momentánea, la pierdo por unos breves instantes; mismamente me sucedió antes, hablando con mi amiga por teléfono cuando me llamó; sobre todo al principio y después de un largo silencio.

¿Qué te ocurre? – me preguntó

Nada, no te preocupes. En unos segundos me pondré bien.

Es como si la voz necesitara retomar algún hilo que sólo ella conoce, para regresar desde el trasfondo de mis pensamientos, desde el corazón del laberinto. Pero nadie dice que el mío sea un laberinto con sentido; apenas el de un jardín: plantas y flores ornamentales, sólo eso, y setos sí, e incluso espinas.

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enlazado en: De los secretos y lazos de lo invisible…

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