El incidente del joven inmigrante…

 Inmigrante de Bernardo Pérez

Bernardo Perez 

- ‘Señora que guapa es usted y que amable’ -me dice.

Y luego lo que dice a mis espaldas y yo escucho: ‘ ¡Cónchole! Aquí las pibas te miran mucho, como si fueras alguien. Pero qué envidia como te ha mirado antes a ti’.

Mi abuela renquea cuando camina, no anda, ahora sólo renquea. Y yo soy impaciente, demasiado, pero no puedo soltarla del brazo como hacía antes. Y nos aproximamos a uno de esos comedores de comida para vagabundos, indigentes y seres ’sin techo’. Un comedor en el que yo he visto trabajar a una amiga de mi madre como voluntaria, una amiga de posición adinerada sirviendo platos de sopa con sus mejores galas, signifique eso lo que signifique, y que se encuentra ahí, en la mitad de los escasos metros que nos separan del portal del edificio a donde nos mudamos cuando yo era aún muy pequeña. Y hay unos cinco hombres a la puerta y yo paso muchos días entre ellos, segura, porque ellos tienen su vida y circunstancias y yo las mías, que cualquier día podrían ser las mismas, y yo soy muy consciente de ello, pero además de humilde soy demasiado rápida para sentirme insegura por ello; aunque hoy es distinto porque mi abuela y yo renqueamos y vamos hacia ellos y entre ellos hay un hombre joven extraordinariamente guapo.

Está mugriento pero eso no hace que sea un ejemplar de hombre sexualmente menos bello. Y es alguien con quien cruzas una mirada como otras, aunque tú sabes que no es como otras, que es una mirada que probablemente haya expresado algún tipo de admiración que a ti te gustaría haber refrenado pero que ya ha ocurrido cuando lo piensas y no miras más, eres consciente de que no debes mirar más a ese hombre porque no estás en igualdad de condiciones: no eres libre. En ese momento no eres libre por lo que sea. Eso lo sabes aunque él te atraiga. Has dejado de serlo, tan libre como solías ser… y tal vez sea por tu abuela, por su dependencia, por la lentitud autoimpuesta, que no tiene nada que ver con tu propio ritmo y te refrena, o porque lo que te refrenan son tus prejuicios de mierda, o tal vez, sólo tal vez, sea una pregunta que te han hecho y que tú no dejas de repetirte desde hace días, una pregunta contra la que luchas: ¿María, tú crees que serías capaz de serle fiel a alguien?

Y tú, te has revuelto y has contestado indignada: ‘¡Hombre!, por supuesto que sí. Cuando te enamoras de alguien sólo quieres estar con esa persona’. Pero entonces, después de eso, has tenido que detenerte y confiesas sólo ante ti misma haberte adelantado demasiado en la respuesta, haberte mostrado demasiado indignada para que sea cierto o lo creas siquiera y te descubres planteándote ese mismo interrogante muchas otras veces, varias veces por día, casi en cada mirada que cruzas con un desconocido, en cada pensamiento impúdico de futuro, en … y ya has alcanzado el paso exacto en que esos hombres tienen que abrirse para dejar que tú los atravieses con tu abuela, que es como una espada de Damocles, así que no puedes ignorarles y miras al de tu derecha, que es el de la izquierda del otro, lo miras a los ojos mientras todos están en silencio y tú también permaneces en ese mismo silencio porque todos ellos creen que tú también eres un ejemplar de hembra sexualmente bello. Ese silencio. Y entonces el hombre que también te mira a los ojos se aparta lo suficiente como para abrirte un espacio que es como la orden de bajada de un puente levadizo y tú como si fueras una dama, porque una mujer que sujeta del brazo a una anciana como tu abuela y con tu aspecto, es en eso en lo que se convierte en ese instante, le sonríes tan agradecida que eres capaz hasta de sentir cómo el pecho de ese hombre se contrae y se expande como si hubiera recibido un bolazo de nieve, y sigues renqueando con tu abuela hasta la la torre de marfil de tu castillo.

Fragmento de: Diciembre/ 04 

Comments are closed.